jueves, 21 de junio de 2018

Archidiócesis de Valencia acogerá definitivamente a 40 inmigrantes del barco Aquarius

Según ha informado la Archidiócesis de Valencia (España), 40 de los inmigrantes procedentes del barco Aquarius serán acogidos con los recursos de que dispone a través de Cáritas diocesana y Ciudad de la Esperanza.

Está previsto que Cáritas diocesana acoja a varias familias y varones adultos, en total unas 20 personas, a través del Programa de Viviendas.

Durante el año 2017 Cáritas diocesana atendió a 53 mil personas, de las que el 48% eran inmigrantes en situación regular, inmigrantes en situación irregular administrativa y solicitantes de asilo.

Por su parte, Ciudad de la Esperanza (CIDES) centro de atención integral dirigido a quienes se encuentren en riesgo de exclusión social por su situación de vulnerabilidad, acogerá a los otros 20 jóvenes del Aquarius.

Éstos fueron trasladados inicialmente a Alicante, pero se prevé que regresen a Valencia en los próximos días.

Actualmente Ciudad de la Esperanza cuenta con 164 residentes, de los cuales 110 son refugiados de 36 nacionalidades. CIDES tiene psicólogos y psicoterapeutas, así como intérpretes especializados, que conocen los dialectos del continente africano para poder atender de la mejor manera posible.

Etiquetas: Valencia, Iglesia en España, inmigrantes, Refugiados, Arzobispo de Valencia en España, Barco Aquarius

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Arzobispo saluda orden de Trump sobre niños inmigrantes en frontera de Estados Unidos

El Arzobispo de Los Ángeles, Mons. José Gomez, saludó la orden ejecutiva que firmó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y alentó al Congreso a trabajar en una adecuada reforma migratoria.

El 20 de junio, Trump firmó la orden ejecutiva titulada “Darle al Congreso una oportunidad para lidiar con la separación de familias”, que busca terminar con la práctica de separar a los niños de sus padres inmigrantes en la frontera de Estados Unidos con México; manteniendo al mismo tiempo la política de “tolerancia cero” con la inmigración ilegal.

La orden ejecutiva señala que las familias detenidas serán mantenidas juntas, “donde sea adecuado y de forma consistente con la ley y los recursos disponibles”.

En su cuenta de Twitter, el Arzobispo de Los Ángeles y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, escribió: “Saludo la orden ejecutiva del presidente que pone fin a la cruel política de separación familiar. Ahora el Congreso necesita actuar en la inmigración. Con mis hermanos (obispos) @USCCB, me decepcionan los proyectos que la Cámara votará mañana (hoy)”.

“Necesitamos una ley bicameral como la USA Act que proporcione un camino claro a la ciudadanía para los dreamers y asegure nuestras fronteras. Y la necesitamos ahora”, dijo Mons. Gomez en un segundo tuit sobre el tema.

La orden ejecutiva responsabiliza por la separación de familias al Congreso por su “fracaso para actuar”, así como a órdenes legales que “han puesto a la Administración en la posición de separar familias extranjeras para efectivamente cumplir la ley”.

De acuerdo a la normativa vigente, a los niños no se les permite permanecer donde están detenidos los adultos en la frontera. En ese sentido, la orden ejecutiva de Trump pide al Secretario de Defensa que proporcione al Secretario de Seguridad Nacional instalaciones que puedan funcionar como unidades familiares. Si no existen, deberán construirse.

El decreto Flores de 1997 señala el límite de tiempo que los niños indocumentados pueden ser retenidos por el Gobierno federal, ya sea que hayan cruzado la frontera con parientes o solos.

La orden ejecutiva firmada por Trump instruye al fiscal general que “solicite con prontitud” ante una corte de California que modifique esta norma. Con el cambio propuesto, las familias indocumentadas podrán ser detenidas juntas mientras dure su proceso.

La orden también pide al fiscal general que priorice cualquier caso en el que esté involucrado una familia.

En declaraciones posteriores a la firma de la orden ejecutiva, Trump dijo que no le “gusta la vista o el sentimiento de las familias siendo separadas” y que ese “es un problema que viene desde hace muchos años, como saben, por varias administraciones”.

En declaraciones a la cadena televisiva ABC, el Arzobispo de Los Ángeles afirmó que la situación de los migrantes detenidos en la frontera “es muy triste. La familia es la base de la sociedad y los niños tienen el derecho de estar con sus padres. Es un derecho natural, un derecho humano”.

“Ellos llegaron sin ninguna falta suya, así que necesitamos encontrar una forma legal y, en el futuro, que sean ciudadanos. Los inmigrantes son una bendición para nuestro país. Este es un país de inmigrantes”, dijo el Arzobispo nacido en Monterrey, México.

Traducido y adaptado por Walter Sánchez Silva. Publicado originalmente en CNA

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Obispo alerta que Gobierno de Nicaragua prepara otra masacre en Masaya

El Obispo Auxiliar de Managua, Mons. Silvio José Báez, denunció que el Gobierno del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega se prepara para perpetrar una nueva masacre en el barrio de Monimbó en Masaya.

"¡Que el mundo lo sepa! El Gobierno de Nicaragua se prepara con antimotines y paramilitares para perpetrar otra masacre en el indefenso barrio indígena de Monimbó, Masaya. ¡Presionen a Ortega, ayúdenos, Monimbó no se toca!", clamó el Prelado en su cuenta de Twitter.

Asimismo, la Arquidiócesis de Managua informó en su cuenta de Twitter que el Arzobispo, “Su Eminencia Cardenal Leopoldo José Brenes junto a Su Excelencia Monseñor Silvio José Báez y sacerdotes del Clero de la Arquidiócesis se trasladan a Masaya a mediar sobre la situación y a estar con el pueblo acompañándole. Pedimos a todos los fieles sus oraciones”.

Por su parte, la Conferencia Episcopal de Nicaragua indicó que el Nuncio Apostólico, Mons. Stanislaw Waldemar Sommertag, acompaña a los obispos y sacerdotes a Masaya.

El martes 19 de junio grupos paramilitares afines al Gobierno entraron armados a Masaya y provocaron la muerte de seis personas. Otras 35 resultaron heridas.

Desde el 31 de mayo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) solicitó a Nicaragua proteger la vida de Mons. Báez, pues junto a su familia estarían en una lista de personas a "eliminar" y estarían siendo vigilados "de manera constante".

Masaya es una de las ciudades, al oeste del país, que más resistencia ha mostrado ante los paramilitares afines al Gobierno.

Los ataques paramilitares contra la población de Nicaragua han dejado más de 200 muertos.

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Homilía del Papa Francisco en la Misa celebrada durante su viaje a Ginebra

En la Misa celebrada en el centro de convenciones Palexpo de Ginebra, con motivo de su visita a la ciudad suiza para asistir al 70º aniversario de la fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias, el Papa Francisco reflexionó sobre tres palabras del “Padre nuestro”: Padre, pan y perdón.

El Pontífice resaltó la necesidad de rezar el “Padre nuestro” para regresar a las raíces cristianas en un tiempo en que las sociedades parecen haber quedado desarraigadas.

“Cada vez que hacemos la señal de la cruz al comienzo de la jornada y antes de cada actividad importante, cada vez que decimos ‘Padre nuestro’, renovamos las raíces que nos dan origen. Tenemos necesidad de ello en nuestras sociedades a menudo desarraigadas. El ‘Padre nuestro’ fortalece nuestras raíces”, subrayó Francisco.

A continuación, la homilía del Papa Francisco:

Padre, pan, perdón. Tres palabras que nos regala el Evangelio de hoy. Tres palabras que nos llevan al corazón de la fe.

«Padre» —así comienza la oración—. Puede ir seguida de otras palabras, pero no se puede olvidar la primera, porque la palabra “Padre” es la llave de acceso al corazón de Dios; porque solo diciendo Padre rezamos en lenguaje cristiano. Rezamos “en cristiano”: no a un Dios genérico, sino a un Dios que es sobre todo Papá. De hecho, Jesús nos ha pedido que digamos «Padre nuestro que estás en el cielo», en vez de “Dios del cielo que eres Padre”. Antes de nada, antes de ser infinito y eterno, Dios es Padre.

 De él procede toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3,15). En él está el origen de todo bien y de nuestra propia vida. «Padre nuestro» es por tanto la fórmula de la vida, la que revela nuestra identidad: somos hijos amados. Es la fórmula que resuelve el teorema de la soledad y el problema de la orfandad.

Es la ecuación que nos indica lo que hay que hacer: amar a Dios, nuestro Padre, y a los demás, nuestros hermanos. Es la oración del nosotros, de la Iglesia; una oración sin el yo y sin el mío, toda dirigida al tú de Dios («tu nombre», «tu reino», «tu voluntad») y que se conjuga solo en la primera persona del plural: «Padre nuestro», dos palabras que nos ofrecen señales para la vida espiritual.

Así, cada vez que hacemos la señal de la cruz al comienzo de la jornada y antes de cada actividad importante, cada vez que decimos «Padre nuestro», renovamos las raíces que nos dan origen. Tenemos necesidad de ello en nuestras sociedades a menudo desarraigadas.

El «Padre nuestro» fortalece nuestras raíces. Cuando está el Padre, nadie está excluido; el miedo y la incertidumbre no triunfan. Aflora la memoria del bien, porque en el corazón del Padre no somos personajes virtuales, sino hijos amados. Él no nos une en grupos que comparten los mismos intereses, sino que nos regenera juntos como familia.

No nos cansemos de decir «Padre nuestro»: nos recordará que no existe ningún hijo sin Padre y que, por tanto, ninguno de nosotros está solo en este mundo. Pero nos recordará también que no hay Padre sin hijos: ninguno de nosotros es hijo único, cada uno debe hacerse cargo de los hermanos de la única familia humana.

Diciendo «Padre nuestro» afirmamos que todo ser humano nos pertenece, y frente a tantas maldades que ofenden el rostro del Padre, nosotros sus hijos estamos llamados a actuar como hermanos, como buenos custodios de nuestra familia, y a esforzarnos para que no haya indiferencia hacia el hermano, hacia ningún hermano: ni hacia el niño que todavía no ha nacido ni hacia el anciano que ya no habla, como tampoco hacia el conocido que no logramos perdonar ni hacia el pobre descartado.

Esto es lo que el Padre nos pide, nos manda que nos amemos con corazón de hijos, que son hermanos entre ellos.

Pan. Jesús nos dice que pidamos cada día el pan al Padre. No hace falta pedir más: solo el pan, es decir, lo esencial para vivir. El pan es sobre todo la comida suficiente para hoy, para la salud, para el trabajo diario; la comida que por desgracia falta a tantos hermanos y hermanas nuestros. Por esto digo: ¡Ay de quien especula con el pan! El alimento básico para la vida cotidiana de los pueblos debe ser accesible a todos.

Pedir el pan cotidiano es decir también: “Padre, ayúdame a llevar una vida más sencilla”. La vida se ha vuelto muy complicada. Diría que hoy para muchos está como “drogada”: se corre de la mañana a la tarde, entre miles de llamadas y mensajes, incapaces de detenernos ante los rostros, inmersos en una complejidad que nos hace frágiles y en una velocidad que fomenta la ansiedad. Se requiere una elección de vida sobria, libre de lastres superfluos.

Una elección contracorriente, como hizo en su tiempo san Luis Gonzaga, que hoy recordamos. La elección de renunciar a tantas cosas que llenan la vida, pero vacían el corazón. Elijamos la sencillez del pan para volver a encontrar la valentía del silencio y de la oración, fermentos de una vida verdaderamente humana. Elijamos a las personas antes que a las cosas, para que surjan relaciones personales, no virtuales. Volvamos a amar la fragancia genuina de lo que nos rodea.

Cuando era pequeño, en casa, si el pan se caía de la mesa, nos enseñaban a recogerlo rápidamente y a besarlo. Valorar lo sencillo que tenemos cada día, protegerlo: no usar y tirar, sino valorar y conservar.

Además, el «Pan de cada día», no lo olvidemos, es Jesús. Sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Él es el alimento primordial para vivir bien. Sin embargo, a veces lo reducimos a una guarnición. Pero si él no es el alimento de nuestra vida, el centro de nuestros días, el respiro de nuestra cotidianidad, nada vale. Pidiendo el pan suplicamos al Padre y nos decimos cada día: sencillez de vida, cuidado del que está a nuestro alrededor, Jesús sobre todo y antes de nada.

Perdón. Es difícil perdonar, siempre llevamos dentro un poco de amargura, de resentimiento, y cuando alguien que ya habíamos perdonado nos provoca, el rencor vuelve con intereses. Pero el Señor espera nuestro perdón como un regalo. Nos debe hacer pensar que el único comentario original al Padre nuestro, el que hizo Jesús, se concentre sobre una sola frase: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

El perdón es la cláusula vinculante del Padre nuestro. Dios nos libera el corazón de todo pecado, perdona todo, todo, pero nos pide una cosa: que nosotros, al mismo tiempo, no nos cansemos de perdonar a los demás. Quiere que cada uno otorgue una amnistía general a las culpas ajenas.

Tendríamos que hacer una buena radiografía del corazón, para ver si dentro de nosotros hay barreras, obstáculos para el perdón, piedras que remover. Y entonces decir al Padre: “¿Ves este peñasco?, te lo confío y te ruego por esta persona, por esta situación; aun cuando me resulta difícil perdonar, te pido la fuerza para poder hacerlo”.

El perdón renueva, hace milagros. Pedro experimentó el perdón de Jesús y llegó a ser pastor de su rebaño; Saulo se convirtió en Pablo después de haber sido perdonado por Esteban; cada uno de nosotros renace como una criatura nueva cuando, perdonado por el Padre, ama a sus hermanos. Solo entonces introducimos en el mundo una verdadera novedad, porque no hay mayor novedad que el perdón, que cambia el mal en bien. Lo vemos en la historia cristiana.

Perdonarnos entre nosotros, redescubrirnos hermanos después de siglos de controversias y laceraciones, cuánto bien nos ha hecho y sigue haciéndonos. El Padre es feliz cuando nos amamos y perdonamos de corazón (cf. Mt 18,35). Y entonces nos da su Espíritu. Pidamos esta gracia: no encerrarnos con un corazón endurecido, reclamando siempre a los demás, sino dar el primer paso, en la oración, en el encuentro fraterno, en la caridad concreta. Así seremos más semejantes al Padre, que ama sin esperar nada a cambio. Y él derramará sobre nosotros el Espíritu de la unidad.

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Ante una sociedad desarraigada, el Papa llama a los cristianos a conservar sus raíces

Durante la Misa de conclusión de su visita a Ginebra, Suiza, celebrada por primera vez en francés por el Papa Francisco, el Santo Padre puso de relieve la necesidad de conservar las raíces cristianas como pilar del ecumenismo, raíces que se pueden fortalecer mediante el rezo y meditación del “Padre nuestro”.

En la Misa, que tuvo lugar en el centro de convenciones Palexpo al final de su viaje con motivo del 70º aniversario de la fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias, el Pontífice reflexionó sobre tres palabras presentes en el “Padre nuestro”: Padre, pan y perdón.

Padre

Francisco explicó que “la palabra ‘Padre’ es la llave de acceso al corazón de Dios; porque solo diciendo Padre rezamos en lenguaje cristiano. Rezamos ‘en cristiano’: no a un Dios genérico, sino a un Dios que es sobre todo Papá”.

De hecho, “Jesús nos ha pedido que digamos ‘Padre nuestro que estás en el cielo’, en vez de ‘Dios del cielo que eres Padre’. Antes de nada, antes de ser infinito y eterno, Dios es Padre”.

“De Él procede toda paternidad y maternidad. En Él está el origen de todo bien y de nuestra propia vida. ‘Padre nuestro’ es, por tanto, la fórmula de la vida, la que revela nuestra identidad: somos hijos amados”.

Así, continuó el Pontífice, “cada vez que hacemos la señal de la cruz al comienzo de la jornada y antes de cada actividad importante, cada vez que decimos ‘Padre nuestro’, renovamos las raíces que nos dan origen. Tenemos necesidad de ello en nuestras sociedades a menudo desarraigadas. El ‘Padre nuestro’ fortalece nuestras raíces”.

Rezar el Padre nuestro “nos recordará que no existe ningún hijo sin Padre y que, por tanto, ninguno de nosotros está solo en este mundo. Pero nos recordará también que no hay Padre sin hijos: ninguno de nosotros es hijo único, cada uno debe hacerse cargo de los hermanos de la única familia humana”.

Francisco destacó también el mensaje de misericordia y de solidaridad para con los que sufre que contiene la oración del Padre nuestro.

“Diciendo ‘Padre nuestro’ afirmamos que todo ser humano nos pertenece, y frente a tantas maldades que ofenden el rostro del Padre, nosotros sus hijos estamos llamados a actuar como hermanos, como buenos custodios de nuestra familia, y a esforzarnos para que no haya indiferencia hacia el hermano, hacia ningún hermano: ni hacia el niño que todavía no ha nacido ni hacia el anciano que ya no habla, como tampoco hacia el conocido que no logramos perdonar ni hacia el pobre descartado”.

Pan

Por otro lado, en el Padre nuestro “Jesús nos dice que pidamos cada día el pan al Padre. No hace falta pedir más: solo el pan, es decir, lo esencial para vivir”.

“Pedir el pan cotidiano es decir también: ‘Padre, ayúdame a llevar una vida más sencilla’”.

El Santo Padre lamentó que “la vida se ha vuelto muy complicada. Diría que hoy para muchos está como ‘drogada’: se corre de la mañana a la tarde, entre miles de llamadas y mensajes, incapaces de detenernos ante los rostros, inmersos en una complejidad que nos hace frágiles y en una velocidad que fomenta la ansiedad. Se requiere una elección de vida sobria, libre de lastres superfluos”.

Además, “el ‘Pan de cada día’, no lo olvidemos, es Jesús. Sin Él no podemos hacer nada. Él es el alimento primordial para vivir bien. Sin embargo, a veces lo reducimos a una guarnición. Pero si Él no es el alimento de nuestra vida, el centro de nuestros días, el respiro de nuestra cotidianidad, nada vale”.

Perdón

“Es difícil perdonar –reconoció el Papa–, siempre llevamos dentro un poco de amargura, de resentimiento, y cuando alguien que ya habíamos perdonado nos provoca, el rencor vuelve con intereses. Pero el Señor espera nuestro perdón como un regalo”.

Sin embargo, subrayó que el perdón es esencial para la salvación. “El perdón es la cláusula vinculante del Padre nuestro. Dios nos libera el corazón de todo pecado, perdona todo, todo, pero nos pide una cosa: que nosotros, al mismo tiempo, no nos cansemos de perdonar a los demás. Quiere que cada uno otorgue una amnistía general a las culpas ajenas”. “El perdón renueva, hace milagros”, concluyó.

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Discurso del Papa Francisco en el Encuentro Ecuménico en Ginebra

El Papa Francisco ha participado del Ecuentro Ecuménico que ha tenido lugar en el Visser‘t Hooft Hall del Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra (Suiza).

Participaron numerosos representantes de este organismo, así como autoridades civiles, eclesiásticas y el séquito papal.

Este fue el discurso que dirigió el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas:

Me es grato encontrarme con vosotros y os agradezco vuestra amable acogida. En particular, doy las gracias al Secretario General, Reverendo Dr. Olav Fykse Tveit, y a la Moderadora, Dra. Agnes Abuom, por sus palabras y por haberme invitado con ocasión del 70º aniversario de la institución del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

En la Biblia, setenta años evocan un período de tiempo cumplido, signo de la bendición de Dios. Pero setenta es también un número que hace aflorar en la mente dos célebres pasajes evangélicos. En el primero, el Señor nos ha mandado perdonarnos no siete, sino «hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). El número no se refiere desde luego a un concepto cuantitativo, sino que abre un horizonte cualitativo: no mide la justicia, sino que inaugura el criterio de una caridad sin medida, capaz de perdonar sin límites. Esta caridad que, después de siglos de controversias, nos permite estar juntos, como hermanos y hermanas reconciliados y agradecidos con Dios nuestro Padre.

Si estamos aquí es gracias también a cuantos nos han precedido en el camino, eligiendo la senda del perdón y gastándose por responder a la voluntad del Señor: «que todos sean uno» (Jn 17,21). Impulsados por el deseo apremiante de Jesús, no se han dejado enredar en los nudos intrincados de las controversias, sino que han encontrado la audacia para mirar más allá y creer en la unidad, superando el muro de las sospechas y el miedo. Tenía razón un antiguo padre en la fe cuando afirmaba: «Si el amor logra expulsar completamente al temor y este, transformado, se convierte en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación» (S. Gregorio de Nisa, Homilía 15, Comentario sobre el libro del Cantar de los Cantares).

Somos los depositarios de la fe, de la caridad, de la esperanza de tantos que, con la fuerza inerme del Evangelio, han tenido la valentía de cambiar la dirección de la historia, esa historia que nos había llevado a desconfiar los unos de los otros y a distanciarnos recíprocamente, cediendo a la diabólica espiral de continuas fragmentaciones. Gracias al Espíritu Santo, inspirador y guía del ecumenismo, la dirección ha cambiado y se ha trazado de manera indeleble un camino nuevo y antiguo a la vez: el camino de la comunión reconciliada, hacia la manifestación visible de esa fraternidad que ya une a los creyentes.

El número setenta ofrece en el Evangelio un segundo punto de reflexión. Se refiere a los discípulos que Jesús envió a la misión durante su ministerio público (Lc 10,1) y cuya memoria se celebra en el Oriente cristiano. El número de estos discípulos remite a las naciones conocidas, enumeradas al comienzo de la Escritura (cf. Gn 10). ¿Qué nos sugiere esto? Que la misión está dirigida a todos los pueblos y que cada discípulo, por ser tal, debe convertirse en apóstol, en misionero. El Consejo Ecuménico de las Iglesias ha nacido como un instrumento de aquel movimiento ecuménico suscitado por una fuerte llamada a la misión: ¿cómo pueden los cristianos evangelizar si están divididos entre ellos? Esta apremiante pregunta es la que dirige también hoy nuestro caminar y traduce la oración del Señor a estar unidos «para que el mundo crea» (Jn 17,21).

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, manifestaros también, además del vivo agradecimiento por el esfuerzo que realizáis en favor de la unidad, una preocupación. Esta nace de la impresión de que el ecumenismo y la misión no están tan estrechamente unidos como al principio. Y, sin embargo, el mandato misionero, que es más que la diakonia y que la promoción del desarrollo humano, no puede ser olvidado ni vaciado. Se trata de nuestra identidad. El anuncio del Evangelio hasta el último confín es connatural a nuestro ser cristianos. Ciertamente, el modo como se realiza la misión cambia según los tiempos y los lugares y, frente a la tentación ―lamentablemente frecuente―, de imponerse siguiendo lógicas mundanas, conviene recordar que la Iglesia de Cristo crece por atracción.

¿En qué consiste esta fuerza de atracción? Evidentemente, no en nuestras ideas, estrategias o programas. No se cree en Jesucristo mediante un acuerdo de voluntades y el Pueblo de Dios no es reductible al rango de una organización no gubernamental. No, la fuerza de atracción radica en aquel don sublime que conquistó al apóstol Pablo: «conocerlo a él [Cristo], y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos» (Flp 3,10). Solo de esto podemos presumir: del «conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo» (2 Co 4,6), que nos da el Espíritu vivificador. Este es el tesoro que nosotros, frágiles vasijas de barro (cf. v. 7), debemos ofrecer a nuestro amado y atormentado mundo. No seríamos fieles a la misión que se nos ha confiado si redujéramos este tesoro al valor de un humanismo puramente inmanente, adaptable a las modas del momento. Y seríamos malos custodios si quisiéramos solo preservarlo, enterrándolo por miedo a los desafíos del mundo (cf. Mt 25,25).

Tenemos necesidad de un nuevo impulso evangelizador. Estamos llamados a ser un pueblo que vive y comparte la alegría del Evangelio, que alaba al Señor y sirve a los hermanos, con un espíritu que arde por el deseo de abrir horizontes de bondad y de belleza insospechados para quien no ha tenido aún la gracia de conocer verdaderamente a Jesús. Estoy convencido de que, si aumenta la fuerza misionera, crecerá también la unidad entre nosotros. Así como en los orígenes el anuncio marcó la primavera de la Iglesia, la evangelización marcará el florecimiento de una nueva primavera ecuménica. Como en los orígenes, estrechémonos en comunión en torno al Maestro, no sin antes arrepentirnos de nuestras continuas vacilaciones y digámosle, con Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Queridos hermanos y hermanas: He deseado estar presente en las celebraciones de este aniversario del Consejo también para reafirmar el compromiso de la Iglesia Católica en la causa ecuménica y para animar la cooperación con las Iglesias miembros y con los interlocutores ecuménicos. En este contexto, también quisiera detenerme un poco en el lema elegido para esta jornada: Caminar – Rezar– Trabajar juntos.

Caminar: sí, pero ¿hacia dónde? En base a cuanto se ha dicho, propongo un doble movimiento: de entrada y de salida. De entrada, para dirigirnos constantemente hacia el centro, para reconocernos sarmientos injertados en la única vid que es Jesús (cf. Jn 15,1-8). No daremos fruto si no nos ayudamos mutuamente a permanecer unidos a él. De salida, hacia las múltiples periferias existenciales de hoy, para llevar juntos la gracia sanadora del Evangelio a la humanidad que sufre. Preguntémonos si estamos caminando de verdad o solo con palabras, si los hermanos nos importan de verdad y los encomendamos al Señor o están lejos de nuestros intereses reales. También preguntémonos si nuestro camino es un volver sobre nuestros propios pasos o si es un ir al mundo con convicción para llevar allí al Señor.

Rezar: También en la oración, como en el camino, no podemos avanzar solos, porque la gracia de Dios, más que hacerse a medida individual, se difunde armoniosamente entre los creyentes que se aman. Cuando decimos «Padre nuestro» resuena dentro de nosotros nuestra filiación, pero también nuestro ser hermanos. La oración es el oxígeno del ecumenismo. Sin oración la comunión se queda sin oxígeno y no avanza, porque impedimos al viento del Espíritu empujarla hacia adelante. Preguntémonos: ¿Cuánto rezamos los unos por los otros? El Señor ha rezado para que fuésemos una sola cosa, ¿lo imitamos en esto?

Trabajar juntos: En este sentido quisiera subrayar que la Iglesia Católica reconoce la especial importancia del trabajo que desempeña la Comisión Fe y Constitución, y desea seguir contribuyendo a través de la participación de teólogos altamente cualificados. El estudio de Fe y Constitución, para una visión común de la Iglesia y su trabajo en el discernimiento de las cuestiones morales y éticas tocan puntos neurálgicos del desafío ecuménico. Del mismo modo, la presencia activa en la Comisión para la Misión y la Evangelización; la colaboración con la Oficina para el Diálogo Interreligioso y la Cooperación, últimamente sobre el importante tema de la educación y la paz; la preparación conjunta de los textos para la Semana de oración por la unidad de los cristianos y otras formas de sinergia son elementos constitutivos de una sólida y auténtica colaboración. Asimismo, agradezco la importante labor del Instituto Ecuménico de Bossey en la formación ecuménica de las jóvenes generaciones de responsables pastorales y académicos de tantas Iglesias y Confesiones cristianas de todo el mundo. Desde hace muchos años, la Iglesia Católica colabora en esta obra educativa con la presencia de un profesor católico en la Facultad; y cada año tengo la alegría de saludar al grupo de estudiantes que realiza el viaje de estudios a Roma. Quisiera mencionar también, como signo positivo de “armonía ecuménica”, la creciente adhesión a la Jornada de oración por el cuidado de la creación.

Por otra parte, el trabajo típicamente eclesial tiene un sinónimo bien definido: diakonia. Es el camino por el que seguimos al Maestro, que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). El servicio variado e intenso de las Iglesias miembros del Consejo encuentra una expresión emblemática en la Peregrinación de justicia y paz. La credibilidad del Evangelio se ve afectada por el modo cómo los cristianos responden al clamor de todos aquellos que, en cualquier rincón de la tierra, son injustamente víctimas del trágico aumento de una exclusión que, generando pobreza, fomenta los conflictos. Mientras los débiles son cada vez más marginados, sin pan, trabajo ni futuro, los ricos son cada vez menos y más ricos. Dejémonos interpelar por el llanto de los que sufren, y sintamos compasión, porque «el programa del cristiano es un corazón que ve» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 31). Veamos qué podemos hacer concretamente, antes de desanimarnos por lo que no podemos. Miremos también a tantos hermanos y hermanas nuestros que en diversas partes del mundo, especialmente en Oriente Medio, sufren porque son cristianos. Estemos cerca de ellos. Y recordemos que nuestro camino ecuménico está precedido y acompañado por un ecumenismo ya realizado, el ecumenismo de la sangre, que nos exhorta a seguir adelante.

Animémonos a superar la tentación de absolutizar determinados paradigmas culturales y dejarnos absorber por intereses personales. Ayudemos a los hombres de buena voluntad a dar mayor relieve a situaciones y acontecimientos que afectan a una parte importante de la humanidad, pero que ocupan un lugar muy marginal en el ámbito de la información a gran escala. No podemos desinteresarnos, y es preocupante cuando algunos cristianos se muestran indiferentes frente al necesitado. Más triste aún es la convicción de quienes consideran los propios bienes como signo de predilección divina, en vez de una llamada a servir con responsabilidad a la familia humana y a custodiar la creación. El Señor, Buen Samaritano de la humanidad (cf. Lc 10,29-37), nos interpelará sobre el amor al prójimo, cualquiera que sea (cf. Mt 25,31-46). Preguntémonos entonces: ¿Qué podemos hacer juntos? Si es posible hacer un servicio, ¿por qué no proyectarlo y realizarlo juntos, comenzando por experimentar una fraternidad más intensa en el ejercicio de la caridad concreta?

Queridos hermanos y hermanas: Os renuevo mi cordial agradecimiento. Ayudémonos a caminar, a rezar y a trabajar juntos para que, con la ayuda de Dios, la unidad avance y el mundo crea. Gracias.

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Iniciativa que evangeliza con charlas al estilo TED cumple 5 años

El 7 de junio el proyecto REC (Razón en Cristo) celebró 5 años de evangelización, transmitiendo valores cristianos con charlas breves que luego se difunden en redes sociales.

Esta iniciativa nació el 2014 y es organizada por la Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile en conjunto con el instituto profesional Duoc UC. Por lo general las charlas se desarrollan al estilo TED, pero también se difunden entrevistas e infografías.

Más de 150 expositores de distintas áreas han participado en los 32 eventos que lleva REC hasta la fecha. Amor, deporte, educación, medio ambiente, matrimonio, vocación y educación, son algunos de los temas que se han desarrollado.

REC se ha realizado dos veces en Paraguay y se está en conversaciones para expandir el proyecto a países como Perú, Portugal y México.

Para los coordinadores de este año, Pablo Steinmetz Sotomayor y Sofía Aspillaga Valdés, “la cantidad de gente involucrada con el proyecto y su disposición a colaborar nos muestra que REC tiene sentido”.

En declaraciones a ACI Prensa, destacaron que “aunque la mayoría de nuestros testimonios son católicos, el espacio está abierto a todos, porque creemos que el mensaje de Cristo es universal”.

En cuanto a la Evangelización en la era digital, Steinmetz y Aspillaga señalaron que “REC busca posicionarse en las redes sociales, en este mundo digital e instantáneo, y mostrar historias que iluminen, enriquezcan, cuestionen y, sobre todo, que acerquen a Dios”.

En el caso de Chile, la Encuesta Bicentenario de 2016 evidencia que el 23% de la población se informa principalmente por las redes sociales y el 53% cree que estas muestran una visión pesimista de la sociedad.

“Actualmente en Chile hay más celulares que chilenos”, señalaron los coordinadores de REC 2018.

Por esta razón, la organización busca “posicionar REC como una marca tanto en Chile como en el mundo. Que se transforme en una biblioteca digital con material para reflexionar día a día, para instituciones, colegios, parroquias, universidades, etc.”.

“Pero lo más importante”, concluyeron Steinmetz y Aspillaga, “es que el proyecto no puede perder la identidad con el que se forjó, ser un proyecto católico que busque evangelizar”.

Para conocer más sobre REC visite su sitio web, Facebook y canal Youtube.

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