lunes, 30 de marzo de 2015

Irak: La vida de los refugiados cristianos en medio de la guerra

ROMA, 30 Mar. 15 (ACI/EWTN Noticias).- La Misa de Pascua en Erbil –capital del Kurdistán iraquí- será celebrada en una tienda de campaña por el Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Cardenal Fernando Filoni. A diferencia de un templo, es en estos habitáculos improvisados en el norte de Irak a donde los refugiados llegan para participar de la Eucaristía.

Algunos fieles esperan que la situación que se vive en el país no se alargue por más de seis meses, mientras que otros, aseguran que esto no mejorará. Los refugiados temen que vuelvan los terroristas del Estado Islámico (ISIS), aunque por el momento sienten seguridad y en Erbil la vida transcurre con normalidad. Uno se acostumbra a todo, también a la guerra.


El Cardenal Filoni, que pasará toda la Semana Santa en Irak, estuvo precedido por una delegación guiada por los superiores del Pontificio Consejo Cor Unum, y compuesta por Caritas Internationalis, y los representantes de algunas Caritas locales.


La delegación visitó Erbil y Duhok, llevando solidaridad y apoyo a todos los refugiados, así como un don para los obispos locales: un icono de la Virgen “Desata Nudos”, por la que el Papa Francisco siente una gran veneración. Antes de partir, el Santo Padre bendijo la imagen.


ACI Prensa participó de la visita, para la que Caritas Irak planificó una serie de encuentros institucionales y visitas a los campos de refugiados. Para que esta situación no caiga en el olvido, ahora más que nunca, es necesario pedir ayuda a la comunidad internacional.


En Erbil la vida transcurre como todos los días, la guerra no se oye, pero se ven sus señales. La capital de Kurdistán debía convertirse en el Dubái del Irak, y son prueba de ello los edificios a medio construir que se ven en las periferias cercanas al aeropuerto. La construcción se frenó al estallar la crisis y grandes canales de rascacielos irrumpen en el paisaje junto a otras construcciones todavía por terminar.


Es una realidad que los refugiados ven desde lejos, porque sus campos están apartados de la ciudad. Oleada tras oleada, los refugiados ya suman dos millones de personas. Antes de junio de 2014 eran 580.000; después, cuando Mosul fue atacada llegaron 647.000; y desde agosto, con el avanzar del autoproclamado “Estado Islámico”, llegaron millón 310 mil personas más.


Los refugiados fueron organizados en tiendas de campaña, y después se aplicó un plan especial para el alquiler de viviendas. El Arzobispo de Erbil, Mons. Bhasar Warda, explicó que el alquiler de casas ha sido una prioridad para la acogida de refugiados.


“Si salimos de Erbil hay casas, muchas vacías, recién terminadas, o todavía por terminar. Hemos convencido a los propietarios para alquilarlas a las familias de refugiados”, señala Mons. Warda explicando después que junto a cada nuevo barrio se ha querido construir una parroquia para dar sentido de comunidad.


Los alquileres no son muy bajos, van entre 500 y mil dólares, “pero en esas casas pueden vivir entre dos y tres familias, y pueden compartir el alquiler y pagarlo con el trabajo que encuentran”, explica.


Duhok, a hora y media de Erbil, es otra ciudad kurda que acoge refugiados y donde todos se han habituado a la guerra. Para llegar allí hay que pasar por Mosul, la cual todavía está en manos del Estado Islámico, de modo que hay que dar un largo rodeo, alejándose de la carretera por caminos adyacentes.


Uno es consciente de que está en guerra por la existencia de los puntos de control, pero la impresión es que todo sigue su curso de manera normal. Cuando llega el viernes, casi todos suben a la montaña, encienden sus barbacoas e incluso algunos festejan un matrimonio.


El Obispo de Duhok Rabban al-Qas quiere hacer hincapié en que “hay mucha seguridad, todo funciona muy bien, incluso se puede ir por la calle a medianoche”, pero más allá de la gran seguridad establecida por los peshmerga, basta con ampliar la mirada para darse cuenta que no todo es así.


Cerca de Duhok está Sharia, un pueblo transformado en una especie de campo informal de refugiados. Lo habitan en su mayoría yazidíes, y allí los niños hacen alguna que otra actividad escolar, se ha establecido un pequeño mercado de fruta y casi todos tratan de darle un ritmo normal a la vida.


También allí la guerra no se oye, pero sí se ve. Se ve en los ojos de quienes debieron abandonarlo todo para salvar la vida, y en los ojos de los niños que están tristes no solo porque han abandonado su casa y sus amigos, sino también porque de algún modo han perdido algunas piezas de su familia en esta fuga que no acaba.


Sin embargo, en sus ojos está la esperanza de volver a casa. De este modo esperan alguna visita organizada por Caritas, tienen ganas de mostrar sus casas y en qué condiciones viven, y pedir al mundo que no les abandonen.


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